Mi esposo y yo viajábamos en tren cuando una mujer vestida con ropa brillante y colorida se sentó a mi lado, miró a mi esposo dormido y susurró en voz baja:
No sé cuántas horas pasé allí, tiritando de frío y de miedo, esperando a que el cielo empezara a teñirse de un azul pálido. Cuando los primeros rayos de sol disiparon la niebla, una empleada de la estación llegó para abrir la taquilla. Al verme en ese estado, corrió hacia mí con una manta y un termo de café caliente.
—Señora, ¿se encuentra bien? ¿Qué le ha pasado? —me preguntó con genuina preocupación mientras me ayudaba a levantarme.
Con la voz rota, le conté una versión distorsionada de la realidad: le dije que viajaba con mi esposo, que me había bajado en la parada de la noche por encontrarme indispuesta y que el tren se había ido sin mí, llevándose mis pertenencias. No mencioné la nota del periódico, ni el pasaporte falso, y mucho menos a la mujer espectral. Habrían pensado que estaba loca.
La mujer de la estación asintió con lástima y llamó a la policía local para que me ayudaran a contactar con mi familia. Dos horas después, mi hija llegó en coche, con el rostro pálido por la angustia tras recibir mi llamada desde el teléfono de la oficina ferroviaria. Al verme, se abalanzó sobre mí y me abrazó con una fuerza que me devolvió el alma al cuerpo.
—Mamá, gracias a Dios estás bien —sollozó—. Cuando llamé a tu celular y daba apagado, y luego la policía me contactó… pensé lo peor.
—Estoy bien, hija, estoy bien —mentí, acariciando su cabello, sintiendo que por fin estaba a salvo.
El viaje de regreso a casa en el coche de mi hija transcurrió en un silencio tenso. Ella respetó mi necesidad de no hablar, intuyendo que algo mucho más grave de lo que yo admitía había sucedido en ese tren.
Dos días más tarde, sentada en la sala de mi casa, con una taza de té entre las manos, encendí el televisor para ver el noticiero matutino. Sabía que algo tenía que salir a la luz. No me equivocaba.
La presentadora, con tono grave, anunció una noticia de última hora: *«Encontrado el cuerpo sin vida de un hombre en el interior de un vagón de tren nocturno en la estación terminal de la capital»*.
La pantalla mostró imágenes del cordón policial alrededor del mismo tren en el que yo había viajado.
*«La víctima, que viajaba bajo una identidad falsa, ha sido identificada por las autoridades como un prófugo de la justicia buscado desde hace cinco años por el presunto homicidio de su primera esposa. Según el informe forense preliminar, las causas de la muerte son desconcertantes: el cuerpo presenta signos de asfixia severa, pero no hay marcas físicas de violencia en el cuello ni rastros de terceras personas en el compartimento, el cual se encontraba cerrado por dentro»*.
Apagué el televisor. Mis manos ya no temblaban. Un extraño sentimiento de paz, mezclado con un respeto reverencial por lo desconocido, se apoderó de mí.
Abrí el bolso de mano y saqué el pequeño amuleto de cuentas brillantes. Ahora lo entendía todo. Aquella mujer no era un peligro para mí; era el eco del pasado de ese hombre, una justicia que había tardado cinco años en alcanzarlo, cobrándose la deuda que él tenía con la mujer a la que le había arrebatado la vida. Y, de alguna manera, en su acto de venganza o de liberación, había decidido salvarme a mí de correr el mismo destino.
Miré por la ventana de mi casa. El sol brillaba con fuerza, iluminando las calles. A mis 43 años, la vida me había dado una segunda oportunidad, una verdadera y definitiva. Guardé el amuleto en un cajón con llave, prometiéndome a mí misma que jamás olvidaría la noche en que una desconocida me devolvió la libertad en la estación de San Lázaro.