Mi esposo y yo viajábamos en tren cuando una mujer vestida con ropa brillante y colorida se sentó a mi lado, miró a mi esposo dormido y susurró en voz baja:

Regresé al compartimento. Mi esposo seguía durmiendo, pero algo había cambiado. Al acercarme para sentarme, noté que la chaqueta de su traje, que había colgado en el perchero, se había deslizado ligeramente debido al balanceo del tren. Del bolsillo interior sobresalía una esquina de un documento de cuero texturizado y un pequeño fajo de papeles.

El corazón me dio un vuelco. Nunca me había considerado una mujer desconfiada, pero el misterio de la desconocida había actuado como un catalizador. Con las manos temblorosas, deslicé los dedos dentro de su chaqueta.

Lo que saqué fue un pasaporte. Al abrirlo, la foto de mi esposo me devolvió la mirada, pero el nombre impreso no era el suyo. No era el nombre con el que nos habíamos casado hacía cuatro meses. Junto al pasaporte, había dos billetes de avión de solo ida hacia un país de Europa del Este, con fecha para el día siguiente, y un recorte de periódico viejo, amarillento.

Desdoblé el papel con cuidado, conteniendo la respiración. La noticia era de un periódico regional de hacía cinco años. El titular me heló la sangre: *«Sospechoso de la desaparición de su esposa sigue prófugo. La policía no descarta homicidio»*. Justo debajo, una fotografía borrosa mostraba a mi esposo, unos años más joven, sonriendo a la cámara junto a una mujer que guardaba un parecido físico escalofriante conmigo. La misma complexión, el mismo tono de cabello, casi la misma edad.

La historia de la “enfermedad” de su difunta esposa se derrumbó en un segundo, convirtiéndose en una densa humareda de mentiras. El hombre atento, el que arreglaba las puertas de mis padres, el que me preparaba el café, era un fantasma que huía de su propio pasado. Y yo no era su nuevo amor; era su camuflaje, su boleto para pasar desapercibido, o algo peor.

Un frío glacial me recorrió la espina dorsal. Miré la litera superior. El hombre que dormía allí ya no era mi tierno esposo. Era un extraño peligroso. ¿Qué iba a pasar cuando llegáramos a nuestro destino? Los billetes de avión eran para el día siguiente. ¿Pensaba llevarme con él a la fuerza, o yo no estaba incluida en sus planes de fuga?

El tren comenzó a reducir la velocidad. Los frenos chirriaron con un lamento metálico que pareció taladrarme los oídos. Las luces de la estación de San Lázaro empezaron a desfilar lentamente por la ventana, iluminando el compartimento con ráfagas amarillentas.

*«Tienes que bajarte en la próxima parada. No lo despiertes, o te arrepentirás»*.

Las palabras de la mujer resonaron en mi mente con la fuerza de un mandato divino. No lo pensé más. El pánico, ese instinto primario de supervivencia que surge cuando comprendes que estás en la boca del lobo, tomó el control de mi cuerpo.

Agarré mi bolso de mano, dejando la maleta grande en el suelo. No me importaba la ropa, no me importaba nada más que salir de ese espacio confinado. Con movimientos felinos, deslicé la puerta del compartimento. Justo cuando ponía un pie en el pasillo, mi esposo soltó un profundo suspiro y se movió en la litera. Me quedé helada, conteniendo el aliento, con una mano en el marco de la puerta. Él murmuró algo ininteligible, cambió de postura, dándome la espalda, y siguió durmiendo.

Cerré la puerta con una lentitud agónica, milímetro a milímetro, hasta que el pestillo encajó sin hacer ruido.

Corrí por el pasillo. El tren se había detenido por completo. La puerta del vagón estaba abierta y el aire fresco de la madrugada me golpeó la cara, espabilándome por completo. Salté al andén de piedra de la estación de San Lázaro.

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