Mi esposo y yo viajábamos en tren cuando una mujer vestida con ropa brillante y colorida se sentó a mi lado, miró a mi esposo dormido y susurró en voz baja:

La puerta del compartimento se abrió sin llamar. En el pasillo había una mujer de piel oscura con una falda larga y brillante y un pañuelo en la cabeza. No me pidió dinero ni se ofreció a leerme la fortuna. Me miró, luego a mi marido dormido, y dijo con calma:

«Tienes que bajarte en la próxima parada. No lo despiertes, o te arrepentirás». No había súplica ni broma en su voz. Solo certeza. Se me hizo un nudo en la garganta.
La mujer no esperó una respuesta. Dio media vuelta y sus pasos, sorprendentemente silenciosos a pesar de los abalorios que adornaban su ropa, se perdieron en el pasillo del vagón.

Me quedé inmóvil, con el corazón golpeándome con fuerza contra las costillas. El traqueteo del tren, que antes me parecía un arrullo pacífico, de pronto cobró un matiz amenazante. Miré a mi esposo. Su rostro, iluminado intermitentemente por los postes de luz que pasaban raudos por la ventana, transmitía una calma absoluta. Era el mismo hombre que esa mañana había tomado la mano de mi anciano padre para ayudarlo a subir las escaleras de la clínica. El mismo hombre que cocinaba para mí cuando llegaba cansada del trabajo.

*«Es una locura»*, me dije, frotándome las sienes. A mis 43 años, la vida me había enseñado a ser pragmática, no a dejarme llevar por los delirios de una desconocida vestida de forma estrafalaria. Seguramente era una vagabunda, o alguien con problemas mentales que deambulaba por los trenes nocturnos para asustar a los pasajeros.

Sin embargo, una sospecha fría y punzante, una de esas intuiciones que las mujeres divorciadas y curtidas por los golpes de la vida aprendemos a no ignorar del todo, se instaló en mi estómago. Recordé la mirada de mi hija. *«Hay algo en él que no me cuadra, mamá»*, me había dicho semanas atrás, sin poder precisar el qué. Yo lo había atribuido a los celos filiales, al miedo de que un extraño ocupara el lugar que durante años solo nos perteneció a nosotras dos. ¿Y si no eran celos?

Me levanté despacio, procurando no hacer ruido. Mi esposo ni se movió; su respiración seguía siendo profunda y acompasada. Salí al pasillo exterior, buscando un poco de aire frío que me despejara las ideas. El pasillo estaba desierto, sumido en esa penumbra mortecina de los transportes de madrugada.

Caminé hacia el extremo del vagón, con la vaga esperanza de encontrar al revisor o, al menos, volver a ver a la mujer para exigirle una explicación. Al llegar a la plataforma que conectaba los vagones, el estruendo del metal contra las vías se hizo más intenso. No había nadie. Pero justo cuando me disponía a regresar, vi algo en el suelo, junto a la puerta del baño: un pequeño amuleto de cuentas brillantes, idéntico a los que llevaba la mujer en su pañuelo.

Lo recogí. Estaba tibio.

En ese preciso instante, la voz del megáfono del tren crujió con un sonido metálico, rompiendo la monotonía de la noche: *«Próxima estación: San Lázaro. Parada de tres minutos»*.

Miré el reloj de mi muñeca. Eran las tres y media de la mañana. San Lázaro era un pueblo agrícola, una estación menor en medio de la nada, a más de dos horas de nuestro destino final. Bajarse allí significaba quedarse varada en un andén oscuro hasta el amanecer. Era absurdo.

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