Mariana recogió las llaves.
—Cuando llegue ese día, compra tu propia despensa.
Se fue sola.
Una semana después, el refrigerador seguía lleno, el Wi-Fi funcionaba perfectamente y nadie dejaba calcetines húmedos en la sala. Mariana empezaba a recordar cómo sonaba su casa sin Jorge.
El viernes por la noche recibió un mensaje de Teresa: “Esto no se hace. Jorge está deprimido. No come bien. Mi pensión no alcanza. Es tu esposo. Ven por él y compórtate como mujer”.
Antes de que Mariana pudiera responder, sonó el timbre.
Jorge estaba del otro lado de la puerta con una mochila al hombro.
Miró las bolsas del supermercado detrás de Mariana y sonrió, como si todo estuviera resuelto.
—Sabía que se te iba a pasar. Ya entendí. Vamos a olvidar esta tontería y empezar de nuevo.
Dio un paso para entrar.
Y en ese instante Mariana comprendió que Jorge todavía no había entendido
