Mi esposo vació nuestro refrigerador para llevarle toda la comida a su madre y-aurelle

—Me vas a devolver once mil quinientos pesos —dijo la mujer—. Y hoy sacas tus cosas de mi casa.

Jorge abrió los ojos.

—¿Qué? ¿A dónde quieres que vaya?

—No sé. A casa de uno de tus inversionistas.

Mariana tuvo que mirar hacia otro lado para no reírse.

—¡Ustedes dos se pusieron de acuerdo contra mí! —gritó Jorge—. ¡Esto es enfermizo!

—No —respondió Mariana—. Lo único en lo que coincidimos es en que ya no queremos financiarte.

Jorge la señaló con el dedo.

—Tú empezaste todo esto por un refrigerador.

—No. El refrigerador solo me permitió verlo.

Esa frase lo dejó callado.

Porque esa era la verdad.

Mariana no terminaba su matrimonio por un kilo de carne, un queso o un pastel. Lo terminaba porque, durante meses, Jorge había vivido de su esfuerzo mientras despreciaba cualquier empleo que considerara poco digno. Lo terminaba porque había tomado dinero sin permiso. Porque

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