Mi esposo vació nuestro refrigerador para llevarle toda la comida a su madre y-aurelle

mi tarjeta.

Jorge bajó la voz.

—Te dije que te lo iba a regresar.

—¿Con qué ingreso?

No contestó.

—¿Con los inversionistas que no existen? ¿Con el contrato que nadie ha visto? ¿O con los ocho mil pesos que también le sacaste a tu mamá?

Por primera vez, la seguridad de Jorge se quebró.

—Eso te lo contó Lupita, ¿verdad? Esa señora es una metiche.

—No cambies de tema.

—Era capital para arrancar.

—¿Y dónde está?

Jorge volvió a guardar silencio.

Mariana entendió que no necesitaba más respuestas. Lo más grave no era que él hubiera fracasado. Fracasar podía pasarle a cualquiera. Lo grave era que había convertido a las dos mujeres que más confiaban en él en cajeros automáticos y después había usado el dinero de cada una para impresionar a la otra.

—Me das mucha pena, Jorge —dijo—. Pero ya no me das culpa.

Él endureció la mandíbula.

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