Le grité a mi perro por destrozar el sillón que heredé de mi papá. Cuando levanté la tela rota, descubrí lo que llevaba semanas escondido junto a mí y entendí por qué él había dejado de obedecerme por primera vez

mezcla de asco y vergüenza.

La primera persona a la que llamé fue Lucía.

—Encontré bichos dentro del sillón.

—¿Qué clase de bichos?

—No sé. Muchos.

Le mandé una fotografía y me pidió que dejara de abrirlo mientras conseguíamos ayuda profesional.

Yo ya tenía la mano cerca del brazo del mueble, dispuesto a seguir buscando, como si necesitara comprobar hasta dónde llegaba el problema.

Me detuve.

Aparté a Bruno de la sala sin regañarlo. Esta vez ni siquiera tuve que insistir. Se levantó despacio y salió manteniéndose lejos de mí.

Aquello me dolió.

Puse un recipiente con agua cerca de su cama y me senté en el piso.

—Ven, gordo.

No vino.

Miró mi mano y después la puerta de la sala.

Durante años había respondido a mi voz con una confianza inmediata. Yo había conseguido que aquella noche dudara.

Lucía llegó poco después.

No hizo comentarios sobre el desorden.

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