mezcla de asco y vergüenza.
La primera persona a la que llamé fue Lucía.
—Encontré bichos dentro del sillón.
—¿Qué clase de bichos?
—No sé. Muchos.
Le mandé una fotografía y me pidió que dejara de abrirlo mientras conseguíamos ayuda profesional.
Yo ya tenía la mano cerca del brazo del mueble, dispuesto a seguir buscando, como si necesitara comprobar hasta dónde llegaba el problema.
Me detuve.
Aparté a Bruno de la sala sin regañarlo. Esta vez ni siquiera tuve que insistir. Se levantó despacio y salió manteniéndose lejos de mí.
Aquello me dolió.
Puse un recipiente con agua cerca de su cama y me senté en el piso.
—Ven, gordo.
No vino.
Miró mi mano y después la puerta de la sala.
Durante años había respondido a mi voz con una confianza inmediata. Yo había conseguido que aquella noche dudara.
Lucía llegó poco después.
No hizo comentarios sobre el desorden.
