Le grité a mi perro por destrozar el sillón que heredé de mi papá. Cuando levanté la tela rota, descubrí lo que llevaba semanas escondido junto a mí y entendí por qué él había dejado de obedecerme por primera vez

cuando levanté una franja de tela.

Algo se movió entre el relleno.

Acerqué la lámpara del teléfono.

Entonces vi que toda la costura estaba viva.

Eran insectos pequeños, aplanados, de color café rojizo.

Había algunos juntos en el borde de la madera. Otros se metieron en una grieta cuando les dio la luz.

Solté la tela.

La lámpara del teléfono tembló en mi mano.

Me quedé mirando el agujero sin comprender cómo podía haber ocurrido aquello en mi sala, junto a la ventana donde tomaba café todas las noches.

Después me rasqué el cuello.

Y entendí por qué llevaba semanas despertando.

Di un paso atrás.

Bruno seguía debajo de la mesa. Tenía la cabeza apoyada entre las patas, pero los ojos fijos en el sillón.

Volví a alumbrar, esta vez desde más lejos. En los pliegues había manchas oscuras y pequeños puntos que antes habría confundido con suciedad.

Sentí una

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