lo regañé.
Se quedó sentado frente a mí, con las orejas bajas.
Aquella mirada me incomodó. Me dije que estaba exagerando, que debía poner límites.
Dos días después encontré el relleno asomándose por otro costado.
Lo aparté del sillón y cerré la puerta de la sala.
Desde el pasillo escuché cómo lloriqueaba.
Yo también estaba agotado. Dormía mal, trabajaba demasiado y extrañaba a mi papá hasta en los momentos más absurdos.
Esa noche le hablé a Bruno como si él tuviera la culpa de todo.
A la tarde siguiente regresé y encontré la puerta entreabierta.
Había tela por todas partes.
Bruno estaba inclinado sobre el sillón, arrancando un pedazo junto al brazo izquierdo.
Grité su nombre.
Soltó la tela y retrocedió.
Yo levanté un cojín roto.
—¡Era de mi papá!
Bruno se escondió bajo la mesa.
Busqué unas tijeras para retirar lo que colgaba. Ya pensaba en cuánto costaría repararlo
