Le grité a mi perro por destrozar el sillón que heredé de mi papá. Cuando levanté la tela rota, descubrí lo que llevaba semanas escondido junto a mí y entendí por qué él había dejado de obedecerme por primera vez

La persiguió dos veces.

Después regresó al sillón.

Por esas fechas yo despertaba rascándome los brazos. Tenía pequeñas marcas rojas cerca de las muñecas y algunas en el cuello.

Culpé a los mosquitos.

Puse una malla nueva en la ventana y revisé que no hubiera agua acumulada en el patio.

Seguía despertando con comezón.

Una mañana mi hermana Lucía me vio rascarme durante el desayuno.

—¿Ya te revisaste eso?

—Ha de ser el calor.

Ella miró a Bruno, que estaba acostado cerca de la puerta.

—¿Y él está bien?

Lo llevé a su revisión. No encontraron nada evidente que explicara lo del sillón. Me preguntaron por cambios en casa y sugerieron observarlo mejor si continuaba.

Volví con la idea de dedicarle más tiempo.

Pero el trabajo se acumuló.

Y Bruno empezó a morder la tela.

La primera rotura fue pequeña, junto a una costura. La cubrí con una manta y

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