Le grité a mi perro por destrozar el sillón que heredé de mi papá. Cuando levanté la tela rota, descubrí lo que llevaba semanas escondido junto a mí y entendí por qué él había dejado de obedecerme por primera vez

sin escucharla.

Bruno dormía cerca de mis pies.

Hasta que dejó de hacerlo.

Primero empezó a olfatear un costado. Metía la nariz entre el brazo y el asiento, respiraba con fuerza y levantaba la cabeza.

Después llegó el primer arañazo.

—Eso no, Bruno.

Se apartó.

Al día siguiente volvió.

Esta vez gimió y trató de meter una pata debajo del sillón.

Pensé que había caído comida. Lo moví unos centímetros, encontré una moneda, polvo y una tapa de bolígrafo.

Nada que explicara su insistencia.

Limpié y regresé el mueble a su lugar.

Bruno volvió a acercarse antes de que yo guardara la escoba.

—¿Qué traes ahí?

Me miró, olfateó la tela y soltó un pequeño gruñido.

Empecé a pensar que estaba aburrido.

Llevaba varias semanas aceptando trabajos extra. Salía temprano y regresaba de noche. Había paseos más cortos, cenas apuradas y demasiados días diciendo: “Ahorita jugamos”.

Le compré una pelota.

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