sin escucharla.
Bruno dormía cerca de mis pies.
Hasta que dejó de hacerlo.
Primero empezó a olfatear un costado. Metía la nariz entre el brazo y el asiento, respiraba con fuerza y levantaba la cabeza.
Después llegó el primer arañazo.
—Eso no, Bruno.
Se apartó.
Al día siguiente volvió.
Esta vez gimió y trató de meter una pata debajo del sillón.
Pensé que había caído comida. Lo moví unos centímetros, encontré una moneda, polvo y una tapa de bolígrafo.
Nada que explicara su insistencia.
Limpié y regresé el mueble a su lugar.
Bruno volvió a acercarse antes de que yo guardara la escoba.
—¿Qué traes ahí?
Me miró, olfateó la tela y soltó un pequeño gruñido.
Empecé a pensar que estaba aburrido.
Llevaba varias semanas aceptando trabajos extra. Salía temprano y regresaba de noche. Había paseos más cortos, cenas apuradas y demasiados días diciendo: “Ahorita jugamos”.
Le compré una pelota.
