a que yo lo recogiera. Cuando llegaba cansado, apoyaba el hocico sobre mi rodilla sin pedir demasiado.
Por eso debí prestar atención cuando empezó a comportarse de otra manera.
Todo comenzó alrededor del sillón.
Era grande, de tela café, con los brazos anchos y una pata reparada con una pieza de madera más clara. Mi papá lo había comprado cuando yo todavía iba a la primaria.
En ese sillón veía el futbol, se quedaba dormido después de comer y fingía leer el periódico mientras esperaba que yo volviera de alguna fiesta.
Cuando vaciamos su casa, mi hermana preguntó si de verdad quería llevármelo.
—Está muy viejo, Andrés.
—Todavía sirve.
Ella no discutió.
Los dos sabíamos que hablábamos de algo más que un mueble.
Lo acomodé junto a la ventana, donde entraba el sol por las tardes. Algunas noches me sentaba allí con una taza de café y encendía la televisión
