Dejó su bolsa junto a la entrada, miró las fotografías y me ayudó a contactar a una empresa de control de plagas.
Yo hablaba rápido, tratando de explicar que limpiaba, que el sillón había sido de mi papá, que aquello no tenía sentido.
Mi hermana me tomó del brazo.
—Andrés, nadie te está interrogando.
Me quedé callado.
Hasta entonces no había notado cuánto necesitaba defenderme.
El especialista llegó a la mañana siguiente.
Revisó el sillón con una linterna y confirmó que eran chinches de cama. Después inspeccionó otros lugares de la casa.
Lo acompañé por el pasillo con el estómago apretado.
Encontró señales en más de un sitio.
Cuando se arrodilló junto a la cama, tuve que sentarme.
El problema ya no estaba solamente en el sillón.
Me preguntó cuándo había notado las primeras marcas, cuándo había llegado el mueble y si había observado algo más.
Señalé a Bruno, que
