Respiré por primera vez en horas.
Entonces escuché un llanto de bebé.
No le presté atención.
Hasta que alguien dijo:
—Señora Marta.
Me giré.
Era ella.
Lucía.
Por un instante no la reconocí.
No llevaba ropa deportiva.
Vestía pantalones oscuros, una blusa blanca y una identificación colgada del cuello.
Su bebé estaba en brazos de una mujer mayor.
Lucía sonrió.
—La estaba buscando.
Miré su acreditación.
Debajo de su nombre decía:
Lucía Ferrer — Trabajadora social sanitaria.
Me quedé inmóvil.
—¿Trabajas aquí?
—Sí. Regresé esta semana después de mi permiso.
No entendía nada.
—Pero aquel día…
Su expresión cambió.
—Fue el peor día de mi vida.
Nos sentamos.
La mujer mayor se llevó al bebé unos metros para permitirnos hablar.
Lucía comenzó desde el principio.
Tenía veintisiete años.
Era trabajadora social.
Estaba casada.
Su hijo Mateo había nacido apenas doce días antes de nuestro encuentro.
Hasta ahí todo parecía normal.
Pero durante el embarazo comenzó a descubrir que su esposo tenía problemas graves con el juego.
Había vaciado una cuenta conjunta.
Pidió préstamos.
Utilizó tarjetas de crédito.
