Cuando nuestros hijos eran pequeños yo ayudaba en una asociación del barrio. Alberto cocinaba conmigo los fines de semana.
Ahora parecía avergonzarle cualquier persona que necesitara ayuda.
Pasaron varios días.
Pensé alguna vez en Lucía y el bebé, pero después la vida continuó.
Hasta exactamente cuatro semanas más tarde.
Era miércoles.
Alberto tenía una reunión importantísima con un grupo de inversores. Su empresa atravesaba una situación complicada que él había intentado ocultarme.
Había perdido dos contratos grandes.
Una obra estaba retrasada.
Y necesitaba financiación para mantener empleados y proveedores al día.
Aquella mañana salió nervioso.
A las once y media recibí una llamada.
—¿Señora Marta Salcedo?
—Sí.
—Su esposo ha sufrido una emergencia médica.
Sentí que las piernas dejaron de responder.
Alberto se había desplomado durante la reunión.
Una ambulancia lo llevó al hospital.
Cuando llegué estaba consciente, pero los médicos sospechaban un problema cardíaco y estaban realizando estudios.
Me senté fuera de urgencias.
Dos horas después una médica salió y explicó que, afortunadamente, no parecía haber sufrido un infarto grave. Había presentado una arritmia asociada a otros factores y permanecería ingresado para observación.
