Y poco antes del nacimiento del niño desapareció.
No literalmente.
Se marchó dejando una nota.
El apartamento donde vivían debía varios meses.
Lucía todavía no había cobrado parte de su permiso y su tarjeta bancaria quedó temporalmente bloqueada por movimientos que estaba intentando aclarar.
—¿Y tu familia?
—Mi madre vive a cuatro horas. Ese día venía hacia aquí.
—¿Entonces por qué estabas sola en la tienda?
Respiró.
—Porque Mateo necesitaba fórmula.
Había intentado amamantarlo, pero estaba teniendo dificultades y el pediatra había recomendado suplementar temporalmente.
Aquella mañana salió pensando que podría pagar con una tarjeta que todavía creía activa.
Fue rechazada.
Probó otra.
También.
Tenía diecisiete euros en efectivo.
La fórmula que necesitaba costaba más.
Llevaba horas sin dormir.
El bebé lloraba.
Y finalmente hizo algo que jamás había imaginado hacer.
Pedir ayuda a desconocidos.
—Yo no estaba viviendo en la calle —me explicó—. Pero durante unas horas no tenía acceso a dinero y tenía a mi hijo con hambre.
Sentí un nudo en la garganta.
—Podías haber pedido ayuda al supermercado.
—Lo hice. Me dijeron que no podían entregar productos sin pagarlos.
