pudiera engañarlo.
Pero también sabía que la lealtad no podía medirse solamente por el número de años compartidos.
Un gesto podía contradecir una década entera de palabras.
Y aquella tarde, un gesto muy pequeño estaba a punto de convertirse en el centro de todas sus dudas.
Rosa seguía arrodillada junto a Lily.
Las lágrimas le recorrían silenciosamente las mejillas.
Ya no intentaba defenderse.
Esperaba.
Dominic mantenía la espalda recta, aunque su expresión había perdido la seguridad de hacía unos minutos.
Los guardias permanecían atentos, sin saber cuál de las dos versiones terminaría sosteniéndose.
Vincent dejó el reloj sobre el escritorio, junto al cajón abierto.
Después se volvió hacia la niña.
—Lily, cuando viste al señor Dominic, ¿qué ocurrió exactamente?
La pequeña miró a su madre.
Luego al reloj.
Finalmente, fijó los ojos en el anillo con forma de león.
Abrió la boca para responder.
—Primero vi que él…
Dominic dio
