brevemente la cabeza.
Rosa se inclinó hacia ella.
—Estoy aquí, cariño.
La pequeña levantó los ojos.
—Lo sé, mamá.
Vincent se fijó en el auricular de plástico que seguía colgando de su oreja.
Por la mañana se había reído de aquella pequeña que aseguraba ser su guardaespaldas.
Le había seguido el juego y le había pedido que permaneciera alerta.
Entonces había pensado que se trataba de una ocurrencia infantil.
Ahora estaba escuchando a esa misma niña describir un momento que ninguno de sus hombres había mencionado.
La ironía no le hizo ninguna gracia.
Dominic se movió ligeramente.
Vincent lo observó de reojo.
Durante diez años, aquel hombre había ocupado una posición privilegiada en su vida.
Había escuchado conversaciones que otros no podían escuchar.
Había conocido decisiones antes que los demás.
Había estado presente en situaciones donde un segundo de indecisión podía resultar fatal.
Vincent no quería creer que alguien así
