La conversación tomó un giro humano cuando Clara descubrió que Isaiah sabía leer, algo prohibido y castigado severamente para los esclavizados. Él se había enseñado a sí mismo en secreto, leyendo periódicos viejos, sermones y libros tomados prestados de la biblioteca por la noche, cuando la casa dormía.
Hablaron de Shakespeare. Isaiah confesó que La Tempestad era su obra favorita, y ofreció una interpretación que estremeció a Clara: Calibán no era un monstruo, sino alguien a quien le habían robado su hogar y a quien llamaban salvaje para que otros se sintieran superiores. La pregunta quedó suspendida entre ambos: ¿quién era realmente el monstruo?
El reconocimiento mutuo
En ese intercambio, Clara reconoció en Isaiah no a un «bruto» ni a una herramienta del plan paterno, sino a una persona forzada a una situación imposible, igual que ella. Cuando se lo dijo, los ojos del hombre se llenaron de lágrimas que intentó ocultar avergonzado. Clara le pidió que la llamara por su nombre cuando estuvieran a solas, consciente de que pedía algo peligroso, pero necesitando que el mundo cambiara, aunque fuera un milímetro.