Las que provenían de allí no eran las de una mujer enferma descansando.
Valeria llegó a la gruesa puerta de madera, sintiendo que le faltaba el aire. Apoyó la oreja contra la fría superficie. Y entonces, reconoció la voz femenina. Era un susurro inconfundible, una mezcla de jadeos y risas ahogadas que Valeria había escuchado durante quince años de confidencias juveniles. Era Renata.
Entonces escuchó la voz grave de Sebastián, pronunciando el nombre de su mejor amiga con una pasión que le había negado solo unas horas antes.
