PARTE 1
La mañana de la boda de Valeria amaneció bajo un cielo despejado, de ese azul intenso que envuelve San Miguel de Allende solo cuando el destino parece prometer una vida perfecta. Desde el balcón de una espectacular hacienda colonial del siglo XVIII, Valeria admiró los jardines adornados con más de 500 rosas blancas y vibrantes buganvillas. Vio las 50 mesas cubiertas con manteles color marfil, las rústicas sillas de madera y las cintas que se mecían con la suave brisa de los llanos mexicanos. En ese instante, sintió que su corazón estallaba de alegría. Por fin.
