que rebotó en las paredes de piedra.
La mente de Valeria bullía con un centenar de excusas plausibles. Pero sus pies, impulsados por una intuición aterradora, la obligaron a caminar los veinte metros hasta la fuente del ruido. El sonido provenía de la última habitación del pasillo: la habitación asignada a Doña Rosa, su suegra. Casualmente, Doña Rosa se había marchado de la fiesta a las 11:00 p. m., quejándose de una fuerte migraña, y había dicho que dormiría profundamente.
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