—Porque eres igual que tu padre.
Sentí rabia.
—No vuelva a decir eso.
Sonrió.
—Todavía lo defiendes.
—No.
—Entonces ya sabes la verdad.
—Sé que hizo cosas malas.
—Muchas.
—Y sé que intentó repararlas.
—Demasiado tarde.
—Como todos ustedes.
Su sonrisa desapareció.
—Tu padre era débil.
—Mi padre tuvo el valor de intentar corregir sus errores.
—Y murió por ello.
—¿Usted lo mató?
Silencio.
—No directamente.
—Pero ordenó cambiar su medicación.
—Sí.
Adrián dio un paso.
—¿Por qué?
Su padre lo miró.
—Porque estaba destruyendo lo que construimos.
—¡Era mi suegro!
—Era un traidor.
—Era un hombre enfermo.
—Era un riesgo.
Adrián cerró los puños.
—¿Y Celeste?
—Una herramienta.
Celeste apareció detrás de mí.
—¿Yo?
El hombre la miró.
—Sí.
—Me dijiste que estaba enferma.
—Lo estabas.
—Mentira.
—Tus resultados fueron manipulados.
—Me hiciste creer que iba a morir.
—Y funcionó.
Celeste lloraba.
—Te odio.
El hombre sonrió.
—Eso también funcionará.
Me adelanté.
—¿Y Adrián?
—Otro instrumento.
—¿Lo utilizó para acercarse a mí?
—Sí.
Adrián cerró los ojos.
Mi exsuegro continuó:
—Pero cometí un error.
—¿Cuál?
—Se enamoró de ti.
Silencio.
—Y cuando un hombre se enamora, deja de obedecer.
Adrián levantó la cabeza.
—Por eso intentaste separarnos.
—Por eso utilicé a Celeste.
—¿Sabías que mi matrimonio se destruiría?
—Era el objetivo.
Sentí que el pecho se me cerraba.
—¿Y cuando mi padre murió?
—Pensé que Adrián volvería a obedecer.
—No lo hizo.
—No.
—¿Por qué?
Adrián respondió:
—Porque ya no podía.
Su padre lo miró.
—Siempre fuiste débil.
Adrián se acercó.
—Quizá.
—Pero al menos ahora soy libre.
Mi exsuegro soltó una carcajada.
—¿Libre?
Tosió.
—Mírate.
—Has perdido a tu esposa.
Adrián me miró.
—Sí.
—Tu reputación.
—Sí.
—Tu familia.
—Sí.
—¿Y dices que eres libre?
Adrián respondió:
—Sí.
—Porque ya no necesito que me perdone.
