Incluso de una manera que yo nunca habría querido.
—¿Por qué nadie me lo contó?
Adrián respondió:
—Porque tu padre me pidió que no lo hiciera.
Lo miré.
—¿Él te lo pidió?
—Sí.
—¿Cuándo?
—La noche anterior.
—¿Y por eso desapareciste?
—No.
—Entonces ¿por qué no viniste al funeral?
Adrián bajó la cabeza.
—Porque mi padre me encerró en su casa.
—¿Qué?
—Me quitó el teléfono.
—No podía salir.
—Cuando finalmente pude hacerlo, ya habían pasado tres días.
—¿Y Celeste?
—Estaba bajo vigilancia.
Celeste cerró los ojos.
—Yo tampoco podía salir.
Me quedé en silencio.
Había cosas que seguían sin justificar.
Adrián había podido buscarme después.
Había podido decirme la verdad.
Había podido luchar más.
Pero ahora comprendía que algunas de sus decisiones habían nacido del miedo.
Eso no las convertía en correctas.
Solo las hacía humanas.
—Quiero ver a tu padre.
Adrián me miró.
—¿Por qué?
—Porque quiero terminar esto.
Elena dijo:
—No vayas sola.
—No lo haré.
Adrián se levantó.
—Yo iré contigo.
Tomás negó.
—No.
—Es mi padre.
—Precisamente.
Adrián lo miró.
—No tengo nada que perder.
Yo respondí:
—Sí tienes.
Él me miró.
—Tu vida.
La frase quedó entre nosotros.
—No quiero que mueras por mí.
Adrián bajó la cabeza.
—Ya morí una vez.
—No.
Negué.
—Eso fue lo que hiciste.
—No es lo mismo.
—Entonces no vuelvas a hacerlo.
Aquella noche fuimos a la residencia Vidal.
La casa estaba rodeada de seguridad.
Pero cuando llegamos, las puertas estaban abiertas.
Demasiado abiertas.
—Algo no está bien —dijo Tomás.
Entramos.
El salón estaba vacío.
Después escuchamos una voz.
—Valeria.
Mi exsuegro estaba sentado junto a una ventana.
Mucho más viejo de lo que recordaba.
Conectado a una máquina de oxígeno.
Aun así, sus ojos conservaban la misma frialdad.
—Has venido.
—Sí.
—Sabía que lo harías.
—¿Por qué?
