—Tu padre no murió por el medicamento.
—¿Entonces?
—Murió porque descubrió quién había ordenado cambiarlo.
Silencio.
—¿Quién?
Mi exsuegro soltó una risa.
—Tu esposa.
Sentí que el mundo se detenía.
Adrián dijo:
—No.
—Sí.
—Valeria nunca haría eso.
—Tú tampoco.
—¿Qué quieres decir?
—Que ambos fueron utilizados.
—¿Por quién?
La voz de mi exsuegro bajó.
—Por el hombre que llamabas padre.
Sentí que me faltaba el aire.
Tomás me miró.
Yo no podía moverme.
Mi padre.
Mi padre.
El hombre que había sostenido mi mano.
El hombre que había dicho que quería protegerme.
¿Había algo que nunca me contó?
De pronto escuchamos un golpe.
Una caja cayó.
Adrián gritó:
—¡Hay alguien aquí!
Tomás me agarró de la mano.
—Corre.
Salimos por la puerta trasera.
Corrimos entre las cajas.
Escuchamos pasos detrás.
—¡Valeria!
Era Adrián.
No me detuve.
Tomás abrió una puerta.
Salimos al exterior.
El aire frío me golpeó el rostro.
Subimos al coche.
Tomás arrancó.
Solo cuando estuvimos a varios kilómetros del almacén pude respirar.
—¿Qué significa eso?
Tomás no respondió.
—¡Tomás!
—No lo sé.
—¡Mi padre no era un criminal!
—No he dicho eso.
—¡Entonces dime qué está pasando!
Tomás golpeó el volante.
—No tenemos toda la información.
—Entonces consíguela.
—Lo intentaré.
—No.
Lo miré.
—No vamos a intentar nada.
—¿Qué quieres hacer?
—Quiero encontrar a Adrián.
Tomás se quedó callado.
—¿Por qué?
—Porque necesito escucharlo de su boca.
—Puede ser peligroso.
—Ya lo sé.
—¿Y si está involucrado?
—Entonces quiero saberlo.
—¿Y si te miente?
—Lo reconoceré.
Tomás me miró.
—¿Estás segura?
Pensé en el hombre que había amado.
En el hombre que había perdido.
En el hombre que quizá había sido utilizado.
—No.
Respiré.
—Pero ya no soy la mujer que él dejó atrás.
Aquella noche recibí un mensaje.
No de Adrián.
De un número desconocido.
