Detrás.
A veces todavía recuerdo la pantalla de aquel avión.
Los mensajes acumulándose.
«¿Dónde estás?»
«Contesta.»
«Si no respondes, nos divorciamos.»
En aquel momento Adrián pensaba que el divorcio era una amenaza.
Yo ya sabía que era una puerta.
Él creía que bastaría con encontrar otro donante.
Otro hospital.
Otra fecha.
Otra explicación.
Siempre otro intento.
Pero había algo que nunca pudo encontrar de nuevo.
La mujer que estaba dispuesta a esperar indefinidamente.
Ella también murió aquel día.
No en el hospital.
No en el estacionamiento.
Murió cuando escuché a mi marido decirle a otra mujer:
—Nunca te obligaré a hacer algo que no quieras.
Y comprendí que llevaba meses obligándome a mí a aceptar exactamente todo lo que no quería.
Su cercanía.
Sus excusas.
Sus ausencias.
Su indiferencia.
Su mentira.
Yo también tenía derecho a decir no.
No al matrimonio.
No a su culpa.
No a una reconciliación.
No a seguir siendo la persona que esperaba.
Por eso, cuando el avión despegó y la ciudad se hizo pequeña bajo las nubes, no sentí que estuviera huyendo.
Por primera vez en mucho tiempo…
estaba eligiendo hacia dónde ir.
PARTE 3
Habían pasado tres meses desde la última vez que había visto a Adrián.
Tres meses desde aquella conversación en la cafetería.
Tres meses desde que había aprendido que algunas heridas dejan de sangrar mucho antes de dejar de doler.
Londres comenzaba a sentirse menos como un refugio y más como una vida.
Eso me gustaba.
Ya no caminaba por las calles pensando que cualquier coche negro podía ser el suyo.
Ya no despertaba esperando mensajes.
Ya no calculaba cuánto tiempo había pasado desde la última llamada de Adrián.
Había días en los que ni siquiera pensaba en él.
Y entonces ocurrió algo que cambió todo.
Era martes.
