Esperaba.
Si decía:
“Celeste necesita…”
Yo cedía.
Aquella tarde hice algo revolucionario.
Apagué el teléfono.
Nada ocurrió.
El avión no cayó.
El mundo no terminó.
Mi corazón siguió latiendo.
Cuando Adrián llegó al hospital y descubrió que mi padre había muerto, todavía creyó que podía encontrarme.
Fue a casa.
A mi trabajo.
A casa de amigas.
Después descubrió que mi vuelo había salido.
Me llamó desde otro número cuando el avión ya estaba en rodaje.
No contesté.
El último mensaje antes de despegar apareció en la pantalla bloqueada:
«Valeria, dime dónde estás. Por favor. Voy a arreglarlo.»
Lo miré.
Y pensé en Celeste.
“Adrián siempre puede arreglarlo.”
No.
Esta vez no.
Guardé el teléfono.
El avión despegó.
Londres me recibió con lluvia.
Típico.
Mi nueva editorial era más pequeña de lo que imaginaba.
Mi apartamento temporal también.
La primera noche me quedé sentada sobre una maleta porque todavía no habían entregado los muebles.
Comí comida fría.
Lloré.
Muchísimo.
Eso también era importante.
Irme no me volvió mágicamente feliz.
No era una película donde el avión despega y toda tristeza queda debajo de las nubes.
Me despertaba buscando a Adrián.
Soñaba con mi padre.
A veces abría el teléfono y veía mensajes antiguos.
Una mañana casi compré un billete de regreso.
Llamé a Marta.
—Quiero volver.
—¿A qué?
La pregunta me detuvo.
—No sé.
—Entonces no compres nada hoy.
—Estoy sola.
—Sí.
—Odio esto.
—Sí.
—¿No vas a decirme que sea fuerte?
—No.
—¿Por qué?
—Porque puedes estar débil hoy y seguir sin volver.
Lloré.
—Te odio.
—Yo también.
No compré el billete.
Adrián siguió escribiendo.
Al principio todos los días.
Después cada semana.
Luego menos.
Algunos mensajes eran largos.
Otros una línea.
«Encontré tu libro azul.»
«Hoy soñé con tu padre.»
«Fui al cementerio.»
«No espero que respondas.»
«Lo siento.»
