—Qué bueno. No quiero que arruines nuestro aniversario por una tontería.
Lo miré y pensé que aquel hombre todavía creía que, antes de terminar el día, tendría acceso a dieciocho millones.
Y todavía no sabía que yo acababa de escribir en una libreta una sola frase:
“Averigua qué cree Arturo que ya le pertenece.”
Lo que encontré durante las siguientes horas hizo que raparme mientras dormía pareciera apenas el principio.
PARTE 2
Esa misma tarde fui a ver a una abogada de divorcios.
La licenciada Gabriela Torres tenía sesenta años, hablaba despacio y no se impresionó cuando mencioné la herencia.
Escuchó todo: la cabeza rapada, la nota, las cámaras, las llamadas al fideicomiso y los movimientos bancarios.
Cuando terminé me dijo:
—No le digas todavía que quieres divorciarte. No firmes nada. No transfieras nada. Y guarda copia de cada documento.
—¿Cree que intenta quedarse con mi dinero?
—Creo que un hombre que cuenta con dieciocho millones que legalmente no son suyos puede haber hecho promesas que todavía no conocemos.
Al regresar, encontré a Arturo poniéndose la corbata frente al espejo.
Esa noche celebraríamos nuestro aniversario con familiares y amigos en un club de Naucalpan.
Cuando me vio, observó mi cabeza con evidente incomodidad.
—¿Vas a ir así?
—¿Así cómo?
—Ya sabes… podrías cubrirte.
La ironía casi me hizo sonreír.
Él había provocado aquello, pero ahora le preocupaba que otras personas lo vieran.
Antes de la fiesta cenaríamos en casa de su hermana Claudia.
En cuanto llegamos, ella abrió los ojos.
—Mariana… ¿qué pasó?
Arturo soltó una carcajada.
—Una broma de aniversario.
Claudia dejó de sonreír.
—¿Ella estuvo de acuerdo?
—No —respondí.
La mesa quedó extrañamente silenciosa.
Arturo cambió de tema.
Durante la cena habló de negocios, fútbol, vacaciones y cualquier cosa que evitara mencionar lo ocurrido.
Yo observaba al hombre con quien había compartido diez años y trataba de entender cuándo había empezado a convertirse en un extraño.
Después salí al patio.
Mi amiga Verónica me llamó.
—Necesito enseñarte algo.
