Sentí una calma que me asustó más que la rabia.
A las nueve llegó con una caja de conchas y roles de canela.
Observó mi cabeza y sonrió.
—Veo que no te lo tomaste tan mal.
—¿Se supone que debía agradecerte?
—Ay, Mariana. Es cabello. Vuelve a crecer.
Entonces le pregunté:
—¿Lo hiciste tú solo?
Por primera vez vaciló.
—Claro. ¿Quién más?
Cuando subió a cambiarse, revisé las cámaras exteriores.
A la 1:52 de la madrugada, Arturo había llegado.
A las 2:04, la cámara del garaje dejó de grabar.
Veintiséis minutos después volvió a funcionar.
Él la había desconectado deliberadamente.
Llamé otra vez a Patricia.
—¿Alguien ha preguntado recientemente por mi fideicomiso?
Esta vez tardó en responder.
—La semana pasada llamó un supuesto asesor de inversiones. Sabía el monto aproximado, sabía que se acercaba su aniversario y preguntó si tu esposo tendría derecho a usar los recursos una vez liberados.
Sentí frío.
—¿Qué contestaste?
—Nada confidencial. Pero, Mariana… quien llamó sabía demasiado.
Después revisé nuestras cuentas.
Encontré tres pagos que jamás había visto: estudios legales sobre una propiedad, honorarios de un asesor inmobiliario y un anticipo para mobiliario.
Más de doscientos mil pesos gastados en algo que Arturo nunca me había mencionado.
Entonces escuché su voz detrás de mí.
—¿Todo bien?
Cerré la computadora.
Sonreí.
—Perfecto.
Él suspiró aliviado.
