Me envió tres fotografías.
En la primera aparecía Arturo frente a una inmobiliaria en Polanco con una mujer rubia que reconocí vagamente: Sofía Carranza, consultora que había coincidido con nosotros en algunas reuniones.
En otra entraban juntos a un desarrollo residencial.
La tercera los mostraba revisando planos.
—Los he visto dos veces —dijo Verónica—. No quise sacar conclusiones, pero después de lo que me contaste esta mañana…
Amplié la primera fotografía.
La fecha era de casi dos meses atrás.
Arturo llevaba tiempo preparando algo.
Regresamos a casa antes de ir al club porque él quería cambiarse de saco.
Su computadora estaba abierta sobre la barra.
Yo no pensaba tocarla.
Entonces apareció una notificación.
“Cuando se liberen los fondos, firmamos el viernes.”
Era de un corredor inmobiliario.
Abrí el mensaje.
Había presupuestos de remodelación, muebles y mudanza.
Después encontré otro correo.
Era de Sofía.
“Me prometiste que esta casa sería nuestro nuevo comienzo. No vuelvas a decirme que tenga paciencia. Dijiste que después del aniversario todo estaría resuelto.”
Sentí que el estómago se me cerraba.
Arturo no solo esperaba mi dinero.
Ya lo había comprometido.
Seguí leyendo.
Él le había escrito:
“Mariana estará bien. No quiero lastimarla, pero después de diez años también merezco empezar de nuevo.”
Escuché sus pasos.
Cerré la computadora.
—¿Qué haces? —preguntó.
—Esperándote.
Miró la laptop.
Por un instante vi miedo en sus ojos.
Pero recuperó la sonrisa.
—Vamos. Esta noche tiene que salir perfecta.
Durante el trayecto recibí un mensaje de Patricia:
“La distribución quedó oficialmente bloqueada. Los 18 millones continúan protegidos.”
Guardé el teléfono.
Cuando llegamos, había casi ochenta invitados.
Arturo saludaba orgulloso, abrazaba familiares y aceptaba felicitaciones.
Cada pocos minutos revisaba su celular.
A las 8:40 hizo un brindis.
—Mariana ha estado conmigo en todo. Y ahora empieza una nueva etapa. Tal vez por fin podamos comprar esa casa que tanto hemos imaginado.
