Desperté rapada en nuestro aniversario y encontré una nota de mi marido: “Ahora sí das pena”. Él esperaba que esa misma tarde yo le entregara 18 millones, pero yo solo llamé a la abogada y dije: “No transfieras un peso”. Creí que esa sería toda mi respuesta, hasta que descubrí por qué llevaba semanas gastando dinero en una casa que nunca me había mencionado.

Todos aplaudieron.

Yo no.

Entonces me tomó de la mano y me entregó el micrófono.

—Di algo, amor.

Me levanté.

Ochenta personas me miraron.

Arturo sonreía convencido de que yo agradecería sus palabras.

Respiré profundamente.

—Antes de brindar por otros diez años —dije—, hay algo que todos deberían saber.

La sonrisa de Arturo desapareció.

Me quité el sombrero.

Varias personas quedaron inmóviles.

—Esta mañana desperté así porque mi esposo me rapó mientras dormía.

Saqué de mi bolso la nota.

Y la leí.

Nadie se rio.

Arturo se acercó.

—Mariana, basta.

Lo miré.

—Todavía no.

Después dije:

—Hoy también debía autorizarse el acceso a los 18 millones que heredé de mi padre.

Su rostro perdió el color.

—Pero cambié de opinión. La transferencia fue cancelada.

Arturo abrió la boca.

No consiguió hablar.

Entonces añadí:

—Y antes de que me preguntes por qué, tal vez quieras explicar primero quién es Sofía Carranza… y qué casa pensabas comprar con un dinero que nunca fue tuyo.

Claudia se levantó de golpe.

La madre de Arturo dejó el vaso sobre la mesa.

Y él, por primera vez desde que lo conocía, parecía verdaderamente aterrorizado.

Pero todavía faltaba descubrir el documento que demostraría que su traición era mucho peor de lo que yo imaginaba.

PARTE 3

—¿Quién es Sofía? —preguntó su madre.

Arturo miró alrededor.

Yo pude verlo calculando una salida.

Así funcionaba siempre: cuando perdía el control de una conversación, buscaba una explicación suficientemente confusa para hacer dudar a todos.

—Es una asesora —dijo finalmente.

—¿Una asesora que te escribe que van a comenzar una nueva vida juntos? —pregunté.

Su mandíbula se tensó.

—Leíste mis correos.

—Vi una notificación en nuestra computadora.

—Eso no te daba derecho…

Por primera vez aquella noche sentí verdadera incredulidad.

—¿Derecho? Me rapaste mientras dormía, intentaste comprometer mi herencia y estabas preparando una casa con otra mujer. ¿Y tu preocupación es mi derecho a leer un correo?

Algunas personas desviaron la mirada.

Otras observaban directamente a Arturo.

Saqué las copias de nuestros movimientos bancarios.

—También pagaste con nuestra cuenta los estudios de la propiedad, un anticipo para muebles y asesoría de mudanza.

Claudia tomó uno de los documentos.

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