Desperté rapada en nuestro aniversario y encontré una nota de mi marido: “Ahora sí das pena”. Él esperaba que esa misma tarde yo le entregara 18 millones, pero yo solo llamé a la abogada y dije: “No transfieras un peso”. Creí que esa sería toda mi respuesta, hasta que descubrí por qué llevaba semanas gastando dinero en una casa que nunca me había mencionado.

—¿Usaste dinero de ustedes para preparar una casa con otra mujer?

—No sabes lo que estás diciendo.

—Entonces explícalo —respondió ella.

Arturo perdió la paciencia.

—¡No tengo que explicarle mi matrimonio a toda esta gente!

Yo asentí.

—Tienes razón.

Dejé el micrófono sobre una mesa.

—No tienes que hacerlo.

Tomé mi bolso.

Él me siguió.

—¿A dónde vas?

—A mi casa.

—Nuestra casa.

—Por ahora.

Me sujetó ligeramente del antebrazo.

Me aparté.

—No vuelvas a tocarme.

Algo en mi voz hizo que retirara la mano.

—Estás destruyendo diez años por un corte de cabello.

Lo miré durante varios segundos.

—Esto nunca fue por el cabello.

Señalé la nota.

—Fue por el desprecio.

Arturo parpadeó.

—Era una broma.

—No. Una broma necesita que las dos personas puedan reírse. Lo tuyo fue esperar a que estuviera indefensa, apagar una cámara, raparme y dejarme una nota para humillarme.

—Estás exagerando.

Aquellas dos palabras resumían una década.

Yo siempre exageraba.

Yo siempre era demasiado sensible.

Yo siempre entendía mal.

Esta vez no discutí.

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