—Tal vez. Mañana podrás explicárselo a mi abogada.
Su expresión cambió.
—¿Qué abogada?
—La de mi divorcio.
Ahí terminó nuestro aniversario.
Al día siguiente, Gabriela me recibió con varias carpetas abiertas.
—Siéntate, Mariana.
Su tono me puso nerviosa.
—Encontraste algo.
—Mucho.
Me entregó una solicitud de crédito presentada tres semanas antes.
En el documento aparecía el nombre de Arturo.
Y también el mío.
Seguí leyendo hasta encontrar una declaración de patrimonio.
Allí estaba mi herencia.
18,000,000 de pesos.
Descritos como “recursos familiares de próxima disponibilidad”.
—Yo nunca autoricé esto.
—Lo sé.
—¿Me falsificó la firma?
—En esta solicitud no aparece una firma tuya. Él se presentó como administrador de los recursos familiares y declaró que existía un acuerdo contigo para utilizarlos.
Sentí náuseas.
—No existía ningún acuerdo.
—Precisamente.
El préstamo todavía no había sido aprobado. La institución financiera había pedido documentación adicional sobre el origen de los fondos.
Arturo necesitaba que el fideicomiso liberara el dinero para demostrar solvencia.
Gabriela colocó otro expediente frente a mí.
Arturo había creado una sociedad hacía dos meses.
Él tenía la mayoría.
Sofía aparecía como socia minoritaria.
La empresa pretendía adquirir una propiedad de lujo en Valle de Bravo, remodelarla y solicitar una línea de crédito usando como respaldo los recursos que Arturo esperaba recibir de mí.
No estaba planeando simplemente comprar una casa.
Estaba organizando una operación financiera completa basada en dinero que jamás le había pertenecido.
—¿Y si ayer hubiera autorizado la transferencia? —pregunté.
Gabriela eligió cuidadosamente sus palabras.
—Habría sido considerablemente más difícil proteger ese dinero si voluntariamente lo mezclabas con cuentas o estructuras donde él pudiera demostrar acceso autorizado.
Me quedé mirando los documentos.
