Entonces tu mente intenta terminar una historia que quedó abierta.
Piensas:
“¿Qué hice mal?”
“¿Cuándo cambió?”
“¿Había otra persona?”
“¿Por qué nunca me explicó?”
“¿Qué habría pasado si hubiera insistido?”
El problema es que puedes repetir estas preguntas durante meses y no conseguir una respuesta.
Porque quizá la única persona que podría responderlas ya no está dispuesta a hacerlo.
Eso genera algo difícil de aceptar:
A veces tendrás que seguir adelante sin comprender completamente por qué ocurrió algo.
El cierre no siempre llega mediante una conversación perfecta.
En ocasiones llega cuando decides:
“Nunca sabré todo, pero ya sé suficiente para continuar.”
Eso también es cerrar.
2. ES POSIBLE QUE NO EXTRAÑES A LA PERSONA, SINO CÓMO TE SENTÍAS A SU LADO
Esta diferencia puede cambiarlo todo.
Imagina que piensas constantemente en una antigua pareja.
Te preguntas:
“¿Todavía estoy enamorado?”
Tal vez.
Pero antes de responder, haz otra pregunta:
¿Qué es exactamente lo que extraño?
¿Sus conversaciones?
¿Sentirte deseado?
¿La seguridad que tenías entonces?
¿Las aventuras?
¿La persona que tú eras durante aquella época?
¿No llegar a una casa vacía?
A veces utilizamos el rostro de alguien para representar una necesidad mucho más amplia.
