orden.
—Voy contigo —le dije a papá—. Rebecca nos sigue. Si en la puerta me da miedo, ella entra primero.
—Me parece justo.
El coche gris olía a pino artificial y a los turnos de papá. Me abroché el abrigo antes de sentarme. Él no arrancó enseguida.
—No voy a pedirte que digas que ya está —murmuró—. Quiero pedirte otra cosa. Si alguna vez oyes que hablo por teléfono y bajo la voz, puedes quedarte. Puedes preguntar. El cajón de las llaves no es un sitio para esconder sobres. Y la puerta de casa no se cierra contigo fuera. Si me equivoco, me lo dices en la cocina, no bajo la lluvia.
—Te lo diré en la cocina.
Arrancó. Rebecca iba detrás, fiel como un faro pequeño. Las calles del viernes estaban secas en los tramos donde el sol había podido, y oscuras donde los árboles guardaban el agua. Al
