solo había habido frío.
En el estacionamiento el cielo estaba blanco y la lluvia era fina, de la que moja el pelo sin parecer una amenaza. El sedán gris estaba allí. Lo había traído el compañero de papá y lo había dejado con las llaves en recepción, porque papá no quiso aparecer al volante como si nada hubiera pasado. Ahora las llaves estaban en su mano y él no las usaba. Me miró.
—Puedo llevarte. También puedes ir con Rebecca. Las dos cosas están bien.
Rebecca esperaba a unos pasos, con el paraguas cerrado, dejándome elegir. Karen ya se había ido en el coche de la trabajadora. La vi levantar la mano por la ventanilla. Se la devolví. No fue un adiós de novela. Fue un hasta luego entre dos personas que iban a vivir en casas distintas el tiempo que hiciera falta para que la confianza no fuera una
