pasar frente a la gasolinera, el empleado del chaleco naranja levantó la vista. No me reconoció. Yo sí reconocí el techo bajo el que había esperado un coche que no llegaba. Seguí de largo. Ya no estaba contando faros.
En casa, el vecino regaba un macetero aunque hubiera llovido. Nos vio bajar y apagó la manguera, por respeto, no por curiosidad. Papá subió los escalones del porche y se detuvo con la llave en la mano.
—¿Abro yo?
—Abres tú. Y la dejas abierta hasta que yo esté dentro.
La llave giró sin el golpe del cerrojo de aquella noche. La madera cedió. El olor a café viejo y a detergente salió a recibirme, doméstico, casi tímido. Papá empujó la puerta del todo y la sujetó con la mano, de espaldas al interior, mirándome a mí y no al seguro de la cerradura. La lluvia fina le mojaba el hombro.
