Chapter 2: LA VERDAD DETRÁS DEKA RAAQUEL FRASCO

No me apuró.

Crucé el umbral con el abrigo puesto. El calor de la casa me encontró las manos. Toqué el gancho vacío y después colgué el abrigo yo, despacio, con la manga zurcida a la vista. No era una prenda abandonada. Era la mía, otra vez del lado de dentro.

Rebecca asomó, comprobó que yo respiraba, y dijo que pasaría al día siguiente por un café, no por una carpeta. Se fue. El motor de su coche se alejó. Papá seguía sujetando la puerta.

—Puedes cerrarla —dije—. Ya estoy dentro.

La cerró con suavidad, del lado de la casa, conmigo en la cocina y no en el porche. El cerrojo sonó igual que el viernes y, esta vez, no me dejó fuera. Puso agua a calentar. Sacó dos tazas. En la mesa no había frascos ni sobres. Había el salero de siempre y la copia que yo saqué del

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