bolsillo para dejarla un momento a la luz, solo para ver la palabra anulada una vez más, y guardarla después donde se guardan las cosas que ya no mandan.
—¿Tienes frío? —preguntó.
—No.
—Aun así.
Fue al perchero. Descolgó el abrigo azul y me lo puso sobre los hombros, encima de la ropa seca, como se pone una manta cuando alguien llega de la calle y la casa quiere reconocerlo. No me lo echó por la fuerza. Esperó a que yo metiera los brazos. Los metí. La manga zurcida me rozó la muñeca. Olía a hospital, a hilo nuevo y a nosotros.
Nos sentamos. El agua hirvió. Por la ventana vi la calle mojada y, al final, un coche que pasaba despacio. Los faros barrieron el porche, la puerta cerrada por dentro y la cocina donde yo tenía las dos manos alrededor de una taza caliente. No levanté el brazo
