para que se detuviera. No hacía falta. Las luces siguieron de largo, y yo me quedé donde estaba, abrigada, con mi padre al otro lado de la mesa y la puerta entre el frío y yo, por fin del lado correcto.
—Abrígate —dijo él, muy bajo, y sonrió con la sonrisa cansada de los días ordinarios.
—Ya estoy —respondí.
Y era verdad.
