va a dejar de mandar. La señora Patel explicó, sin prisa, que el archivo de la clínica y el de la aseguradora ya se habían hablado. Las reclamaciones por encima de los ochenta mil dólares estaban anuladas. La estancia por la hipotermia quedaba aparte, cubierta por el tramo limpio de la póliza, el que sí correspondía a un viernes de lluvia y a una ambulancia de verdad. Faltaba esa hoja. Faltaba que yo dijera, delante de quienes la habían conservado, que no la había pedido y que no la necesitaba.
Me puse de pie. Las zapatillas del hospital se habían quedado en la habitación. Llevaba mis zapatos, los que papá había subido en una bolsa junto con el pijama, sin entrar en mi cama. Apoyé las manos en el respaldo de la silla para que el temblor tuviera un sitio.
—No necesito supervisión permanente —dije—. No estaba enferma. El documento
