quedarme.
Karen contó lo que ya estaba en los papeles y lo que los papeles no podían oler. Dijo que había conocido a Marisol en la clínica, un día que acompañó a papá a dejar un formulario y se quedó en la sala porque no quería oír hablar de dinero. Marisol le preguntó si necesitaba trabajo. Karen necesitaba dinero, no un trabajo con nombre. Había perdido el turno de la cafetería y no quería decírselo a papá. Aceptó recoger encargos. No describió cómo se hacían. Dijo solo el precio de su silencio y el momento en que entendió que los encargos usaban nuestra póliza. Para entonces ya había gastado el primer sobre.
—Cuando papá recibió la llamada de la aseguradora, Marisol me escribió —siguió—. Me dijo que tenía que ser culpa tuya durante unos días. Que papá no podía ponerse a leer las cartas. Que si la pequeña montaba un
