el de verdad. Lo puso en la mesa de plástico, sin orgullo.
—No los gasté —dijo—. Al principio sí gasté otros. Los de antes. Cuando Marisol me pagaba por ir a la farmacia y callarme. Estos me los dio la víspera, para que no me echara atrás. Los he traído porque si los tiro va a decir que me los inventé.
Daniels llegó con el impermeable chorreando y un segundo agente que se quedó junto a la puerta. No convirtió la sala en un interrogatorio de película. Acercó una silla, encendió una grabadora pequeña y dijo la fecha, los nombres y que Karen hablaba por su voluntad. Ella miró el aparato y después a mí.
—Que se quede —le pidió a Daniels—. Si lo cuento solo delante de ustedes, mañana puedo arrepentirme. Si ella lo oye, ya no.
Me senté. El cuerpo me pedía la cama. La rabia me pidió
