hospital presta a quien ya puede caminar. Las piernas me sostuvieron hasta el ascensor. Rebecca iba a mi lado, no detrás. En la sala de espera de la planta baja, Karen estaba sentada en el borde de una silla naranja, con la bolsa de deporte a los pies y el pelo pegado a las mejillas. Al verme se levantó tan rápido que la silla chocó contra la pared. No corrió a abrazarme. Tuvo ese acierto.
—Estás de pie —dijo.
—No gracias a ti.
Se le llenaron los ojos. Asintió, como si hubiera venido dispuesta a recibir exactamente esa frase y no una más blanda. Llevaba el mismo abrigo de la noche de la tormenta, oscuro en los hombros por la lluvia nueva. En las manos, un teléfono con la pantalla rajada y el sobre de los billetes que Daniels ya me había enseñado en copia. Esta vez el sobre era
