a empezar, fina, contra el cristal. En el estacionamiento un coche encendió los faros y los apagó. Esta vez no esperé que fuera mi padre. Esperé que, dondequiera que estuviera Karen, alguien hubiera dejado una puerta abierta. Y supe, con una claridad que no era perdón, que hasta que ella no cruzara una, la firma que llevaba mi nombre seguiría teniendo una aliada dispuesta a usarla.
Karen apareció cuando la enfermera de la noche ya había apagado la luz grande y dejado solo la lámpara de la cabecera. No entró por la puerta de la habitación. Rebecca la detuvo en el control, y el aviso me llegó como llegan las cosas importantes en un hospital: un golpe suave en la madera y una frase corta.
—Tu hermana está abajo. Viene empapada. Dice que no se va hasta hablar. Daniels está de camino.
Pedí una bata y las zapatillas que el
