Al llegar a mi oficina para cerrar un negocio millonario, vi a un niño de nueve años abrazándose para soportar el frío. “¿Puedo quedarme aquí hasta encontrar a alguien?”, me preguntó. Lo dejé entrar y mi hermana se encargó de ayudar. Poco después, descubrimos que había visto una cámara escondida entre las hojas de una planta. Ordené revisar los registros sin avisar a nadie, pero cuando descubrió las visitas nocturnas, reconocí un nombre que nunca habría querido encontrar.

A la mañana siguiente, Héctor llegó antes que todos.

La cámara seguía escondida entre las hojas del ficus.

—No podemos acusar a Daniel únicamente por los registros —advirtió Ramiro—. Necesitamos comprobar que la información llega a Barragán.

—¿Y cómo piensas hacerlo?

—Dándole algo que no sea verdad.

Organizaron una reunión ficticia para discutir una supuesta compra de maquinaria a Ricardo Valdés, un proveedor con quien Héctor mantenía una relación de muchos años.

Ricardo conocía el plan y había aceptado colaborar sin comprometer ninguna operación real.

En la sala de juntas, frente a la cámara escondida, Héctor anunció:

—Estamos considerando una compra de ochenta millones de pesos. Necesitamos siete por ciento de descuento, veinte días para pagar y transporte incluido.

Sergio frunció el fondo.

—Esas condiciones son demasiado buenas.

—Por eso vamos a negociarlas.

Daniel escribió cuidadosamente cada cifra.

Tres días después, llamó Ricardo.

—Héctor, no vas a creer quién vino a verme.

—Barragán.

—Su director comercial. Ofrecieron comprar maquinaria por ochenta millones, con un descuento del seis por ciento, pago en quince días y transporte incluido.

Héctor apretó el teléfono.

Las cifras falsas habían llegado directamente a su competencia.

Ya no tenía dudas de que la cámara funcionaba.

Pero todavía necesitaba saber quién la controlaba.

Durante la semana siguiente, Ramiro preparó tres datos confidenciales diferentes. Sergio recibió una fecha falsa de contratación. El gerente de compras, una ruta de entrega inventada. Otro empleado, una condición bancaria inexistente.

Ninguna de esas informaciones apareció en las negociaciones de Barragán.

Entonces Héctor decidió ponerle una prueba a Daniel.

Un viernes, cuando el asistente estaba guardando sus documentos, lo llamó.

—Daniel, cambio de aviones. La operación con Ricardo podría aumentar de ochenta a noventa y seis millones de pesos.

—¿Noventa y seis?

—Exactamente. Pero no se lo digas a nadie. Ni siquiera un Sergio.

—Descuide, licenciado. Su confianza está bien puesta.

Héctor lo vio salir con la misma sonrisa de siempre.

Recordó todas las veces que Daniel había cenado con su familia. Había asistido al funeral de su padre. Laura incluso lo consideraba un hermano.

Pensar que pudiera traicionarlo resultaba insoportable.

Aquella tarde, Laura volvió a visitarlo.

Traía una carpeta llena de documentos.

—Estoy comenzando los trámites para que me evalúen como posible familia de acogida de Mateo.

Héctor levantó la cabeza.

— ¿Estás hablando en serio?

—Completamente.

—Laura, apenas conoces a ese niño.

—Lo suficiente para saber que está aterrorizado.

Le contó que había visitado a Mateo con autorización del personal encargado de su protección. El pequeño preguntaba constantemente cuándo tendría que cambiar nuevamente de habitación.

—Ayer me preguntó si en mi departamento cabría un escritorio junto a una ventana —dijo Laura.

—No puedes tomar una decisión así por lástima.

—No es lástima, Héctor. Tengo treinta y ocho años, trabajo, tengo un hogar y sé lo que implica criar a alguien. No voy a prometerle nada hasta que las autoridades decidan.

Su hermano guardó silencio.

El lunes siguiente, a las dos de la tarde, Ricardo volvió a llamar.

Su voz era grave.

—Héctor, el representante de Barragán acaba de ofrecerme una operación por noventa y seis millones de pesos.

Héctor se quedó inmóvil.

Aquella cantidad solamente había sido mencionada delante de Daniel y Ramiro, quien participaba en la investigación.

Pero Ramiro había estado con él cuando prepararon la cifra.

La traición empezaba a tener un rostro.

Esa misma noche, Ernesto avisó que Daniel había regresado a la oficina después de que todos se marcharan.

Dijo que había olvidado unos documentos.

Sin embargo, las cámaras del pasillo mostraban algo diferente.

Daniel entró directamente a la sala de juntas.

Se acercó al ficus, apartó cuidadosamente dos hojas y manipuló algo entre las ramas.

Cuando salió, no llevaba ningún documento.

Ramiro guardó la grabación y miró a Héctor.

—Mañana tenemos que enfrentarlo, pero hay algo que debes saber. Si lo hacemos sin asesoría legal, podría destruir lo que hemos conseguido.

Héctor llamó al abogado de la empresa y ordenó conservar todos los registros.

Después se quedó mirando una fotografía de Mateo que Laura le había enviado.

Un niño sin hogar había descubierto la traición que podía arruinar su empresa.

Y el hombre que lo había traicionado había compartido su mesa durante seis años.

A la mañana siguiente, Daniel entró sonriendo a la oficina de Héctor.

Pero su sonrisa desapareció cuando vio al abogado, al jefe de seguridad y una fotografía ampliada del ficus sobre el escritorio.

—Siéntate, Daniel —dijo Héctor—. Tenemos que hablar de un niño de nueve años y de noventa y seis millones de pesos.

PARTE 3

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