PARTE 1
—¿Por qué escondieron una cámara dentro de esa planta? ¿Estás espiando a alguien?
Don Ernesto casi dejó caer su taza de café.
El niño de nueve años señalaba un enorme ficus colocado junto al ventanal de la sala de juntas. Entre dos hojas brillaba un diminuto punto negro.
—¿Cuál cámara, chamaco?
—Esa. Si se agacha, puede verla. Tiene una lucecita que prende y se apaga.
Ernesto llevaba quince años trabajando como guardia de seguridad en Grupo Salcedo, una importante empresa de equipos industriales en Querétaro. Había visto empleados despedidos, contratos millonarios y discusiones terribles, pero jamás imaginó que un niño desconocido descubriría algo que todo el departamento de seguridad había pasado por alto.
—Ven conmigo, Mateo. Vamos por unas galletas.
No tocó la planta.
Cinco minutos después, Héctor Salcedo, propietario de la empresa, recibió una llamada urgente.
—Licenciado, tenemos un problema. Encontramos una cámara escondida en la sala donde usted negocia los contratos.
—¿Quién la encontró?
Ernesto miró al niño, que estaba sentado con una taza de chocolate caliente entre las manos.
—Un pequeño que nos encontramos esta mañana en la entrada.
Héctor sintió un escalofrío.
Durante seis meses había perdido tres contratos importantes frente a su principal competidor, Mauricio Barragán. Lo extraño era que Barragán siempre ofrecía condiciones ligeramente mejores que las suyas.
Si Héctor proponía un descuento del cinco por ciento, Mauricio ofrecía seis. Si prometía mantenimiento gratuito durante doce meses, el otro ofrecía dieciocho.
Parecía conocer cada palabra pronunciada en aquella sala.
—No quiten la cámara —ordenó Ramiro, jefe de seguridad—. Si está transmitiendo, quien la instaló sabrá que la descubrimos. Necesitamos averiguar quién está detrás.
Esa misma mañana, Héctor tenía una negociación de cuarenta millones de pesos.
Por primera vez decidió guardar silencio sobre las cifras definitivas.
Su director comercial, Sergio, lo miró desconcertado.
—Pero, jefe, quedamos en cerrar hoy.
—Los números se confirmarán mañana.
Daniel Rivas, su asistente personal desde hacía seis años, levantó la mirada de su computadora.
—¿Ocurrió algún problema con los cálculos?
—Ninguno. Simplemente cambié de opinión.
Daniel irritante, aunque parecía incómodo.
Cuando terminó la reunión, Héctor Mandó llamó nuevamente a seguridad.
Ramiro confirmó que la diminuta cámara tenía capacidad para transmitir audio y video. Además, los registros de actividad coincidían con varias negociaciones que la empresa había perdido.
Alguien llevaba meses escuchándolos.
Pero aquella no fue la única noticia inesperada.
Laura, hermana menor de Héctor, apareció en su oficina.
—Ya averiguaron quién es el niño.
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Mateo Villegas tenía nueve años. Su madre, Rosa, había fallecido hacía pocas semanas. Como no había un padre reconocido legalmente, una vecina anciana lo había cuidado mientras las autoridades buscaban familiares.
Aquella mañana, la señora sufrió una emergencia médica y fue hospitalizada.
Asustado, Mateo encontró entre las pertenencias de su madre una nota antigua con la dirección de Grupo Salcedo. Rosa había mencionado alguna vez a una amiga que trabajaba allí.
El niño tomó un autobús y llegó solo.
—El DIF ya está interviniendo —explicó Laura—. Tendrán que llevarlo a un lugar seguro mientras investigan si tiene familia.
—Es lo correcto —respondió Héctor.
Laura bajó la mirada.
—Antes de irse, me preguntó si podía quedarse con la taza de chocolate.
—¿Para qué?
—Porque todavía estaba calientita.
Héctor no supo qué responde.
Esa noche, Ramiro llegó con los registros de acceso a la sala de juntas.
Varias personas habían entrado después del horario laboral.
Sin embargo, un nombre aparece repetidamente justo antes de los contratos perdidos.
Héctor sintió que el piso desaparecía bajo sus pies.
Era Daniel Rivas.
El hombre al que había confiado sus negocios, sus cuentas y hasta las llaves de su propia casa.
Y entonces Ramiro señaló algo todavía peor: la última entrada de Daniel coincidía exactamente con la noche anterior a la instalación probable de aquella cámara.
PARTE 2
