Unos minutos después regresó con la niña medio dormida en brazos. Vega apoyó la cabeza sobre su hombro y cerró los ojos.
Lucía los contempló en silencio.
Recordó al hombre que había aparecido inesperadamente en aquel dormitorio, mirando a su hija como si fuera una desconocida.
Y después miró al padre que tenía delante, capaz de distinguir incluso sus llamadas más suaves desde el otro extremo de la casa.
Adrián también recordó aquel día.
Había regresado convencido de que lo esperaba una vivienda vacía, una agenda repleta y otra operación millonaria.
En lugar de eso, había encontrado a la mujer que todavía amaba y a una hija cuya existencia desconocía.
Había perdido una fortuna intentando conservar el control de su mundo.
Pero había descubierto algo que ningún contrato podía garantizarle.
La confianza de su familia.
Vega se removió suavemente y murmuró:
—Papá, no te vayas.
Adrián la abrazó un poco más.
—Estoy aquí, cariño.
Lucía entrelazó sus dedos con los de él.
