Y mientras las luces de Barcelona brillaban al otro lado del balcón, Adrián comprendió que la mayor promesa de su vida no había sido aquella pronunciada durante su segunda boda.
Era mucho más sencilla.
Era poder decirle a su hija que estaba allí.
Y demostrarlo al día siguiente.
Y al otro.
Y durante todos los días que todavía les quedaban por compartir.
