Volví antes de tiempo de un viaje de negocios y encontré a mi exmujer dormida en mi cama, abrazando a una recién nacida con mis ojos. Ella había dado a luz sola mientras mi socia ocultaba sus mensajes; al enfrentarla, respondió: «Te protegí de una responsabilidad que no querías». Llamé a mi abogada y exigí una auditoría. Entonces descubrí mi firma en unas transferencias que jamás había autorizado.

Meses después recibieron una llamada inesperada.

Una empresa vasca especializada en almacenamiento energético estaba interesada en adquirir una licencia sobre unas patentes desarrolladas años atrás por Adrián.

Los derechos pertenecían a una sociedad independiente que él había financiado personalmente y que no formaba parte de los activos vendidos durante la reestructuración empresarial.

Los abogados comprobaron la titularidad y comenzaron una negociación.

La oferta permitiría recuperar una estabilidad económica considerable.

Cuando Lucía conoció la cifra, se quedó mirándolo.

—¿Significa que puedes volver al mundo de antes?

Adrián negó con la cabeza.

—Significa que podemos elegir nuestro futuro sin tantas preocupaciones. No necesito recuperar aquella vida.

Aceptó negociar las licencias, pero rechazó una propuesta que exigía instalarse durante largos periodos fuera de España.

Por primera vez, diseñó su trabajo alrededor de su familia, y no al contrario.

Pasaron otros meses.

Cuando Vega cumplió 2 años, el piso de Sant Andreu estaba lleno de dibujos, cuentos y juguetes.

Adrián seguía colaborando con Mateo, mientras Lucía combinaba sus estudios con pequeños proyectos creativos.

Una mañana de domingo, Adrián preparaba tortitas en la cocina cuando Vega apareció corriendo.

—¡Papá, se quema!

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